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Hilo narrativo 37

 El carruaje partió sin aviso. Los viajeros estaban distraídos, pensando que aún tenían un buen rato. Cual no fue su sorpresa, al oír el relinchar de los caballos de tiro en el preciso momento de su partida. Extrañados, se miraron y siguieron tomando un trago. Cuando salieron se encontraron con las huellas de su partida en el barro. Indignados despotricaron, pero no les sirvió de nada. Ni siquiera el mesero les miró con lástima. Se habían quedado con lo puesto y él sacaría provecho. En esa época de maleantes, su refugio era boyante. Se repartían las ganancias, mesero y cochero. Los viajeros esperarían el siguiente carruaje, previsto para el día siguiente. Decían en los mentideros que esa ruta tenía tropiezos.

Hilo narrativo 36

 Los libros murmuraban entre sí, después de que Leire saliera con uno en la mano.  —¡Qué suerte! Se decían unos a otros. —A mí me gustaría acompañarla en sus paseos para ver mundo— dijo un Atlas olvidado. —Estás obsoleto. A ti nadie te busca. Ni siquiera por el placer de olerte y pasar tus hojas. Hace mucho que los mapas son interactivos. Lo siento, viejete— dijo con soberbia un manual de mecánica. —Pues a ti, no creo que te lleve. No la veo muy dada en motores. —¡Silencio, que vuelve!

Hilo narrativo 35

 El silencio recorrió las calles. La noticia cayó como una bomba. Otra vez. Ya no quedaba aguante. La moral por los suelos. Cabizbajos se fueron yendo. Quedaron las calles vacías. Los coches abandonados. No sabían a dónde ir. Estaban perdidos. Su mundo no era ese.  No les quedaba un ápice de esperanza. El suicido colectivo era su única salida. Se lo facilitaban con eufemismos.

Hilo narrativo 34

 El canto se multiplicó en ramas. Era un solo de aquel niño llamando a los pájaros ausentes. El árbol lo pasó a otros y al final el bosque fue orquestando con matices su reclamo, hasta que las aves se unieron a su canto.

Hilo narrativo 33

 La balanza del día oscilaba. Unas veces a un lado y otras al otro. No había forma de equilibrarla. Tomaso desistió, y marchó. Que fuera otro quien la centrara.

Hilo narrativo 32

 La mañana invitaba. Había dejado de llover y en el cielo ni una sola nube. Salimos alegres con los perros y el ganado, aunque la tierra tenía sus charcos. Las vacas agradecían salir del establo. Nosotros también. Era una gozada verlas trotonas en la explanada de hierba fresca.

Hilo narrativo 31

 Las llamas se paseaban aquella noche, buscando espacio para extenderse. Aquel mundo ignífugo no las alimentaba. Bailaban en las aceras, frente a las casas. Crecían en sus abrazos y poco a poco perdían lumbre.