El tiempo parecía encogerse alrededor de la habitación del hospital. Nos despertaban cuando el sueño aún no nos había abandonado. Cada día igual. Entre unas y otras dormitar. Desayuno y aseo. Limpieza diaria de suelos. Sentado en una butaca. Dormitar. Comer. La siesta. Merienda. De nuevo en butaca. Visitas de al lado. Cerrados los ojos. Dormitar. El médico pasando visita. Dormitar. Cenar. Pastillas. Mirar si hay fiebre. Gotero. Mañana otro día será. Monotonía encoge los días. Al lado mi hija.
Salimos bajo la lluvia pisando barro. El camino enmarañado de hierbas y rastrojos. Éramos un grupo reducido. Dos jóvenes un niño y un adulto. Años sesenta. Tuvimos que hacer un largo recorrido. Creo recordar sus nombres, aunque es posible que me equivoque. Hace demasiado tiempo, y después de ese día no los he vuelto a ver. Huíamos del cerco estrechado. Nos habían dicho que ese camino era seguro, que nadie buscaría por allí. No nos conocíamos. Lo habían arreglado para que pareciéramos un grupo familiar allí donde nos iban a llevar. Fue un engaño o algo salió mal. No tengo sangre en mis manos, pero me perseguían por criminal. No sé cuáles eran sus delitos. No pregunté. Apenas intercambiamos palabra. Era importante no saber. Supongo que nuestra ideología nos hermanaba. Os preguntaréis cómo puedo recordar sus nombres. Ya digo que es fácil que me equivoque. También es posible que fueran sus alias, sólo era yo quien escapaba, y ellos ayudaban. Hubiéramos pasado la noche. Ese era el pla...
Las llamas se paseaban aquella noche, buscando espacio para extenderse. Aquel mundo ignífugo no las alimentaba. Bailaban en las aceras, frente a las casas. Crecían en sus abrazos y poco a poco perdían lumbre.
Comentarios
Publicar un comentario