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Hilo narrativo 39

 Al fin, el viajero cruzó el último puente, dejando tras de sí aquello que creía debía llevar consigo, cuando salió en busca de su destino. Las compañías lastre, fueron lo primero. El equipaje. Libros y utensilios. No necesitaba esas cargas para ese viaje. Allí donde iba no las necesitaría. Se proveería. Así lo anunciaba el predicador que le animó a dejar su casa y hacienda. Su palabra le embriagó. Nunca antes había sentido ese impulso. Nunca. Cuando vio a las gentes escuchándolo, primero se quejó porque obstaculizaban su paso, pero al ver la mirada que le hablaba a él, bajó de su montura y escuchó. Nunca más le bastó lo que la vida le ofrecía. Su hermana quiso que se quedara.  No lo convenció. Su vida era insulsa. Vacía. Tenía, por primera vez, un sueño que perseguir. Ella lloraba. Se quejaba de que la dejaba sola. Que sin él tendría que buscarse otro lugar.

Hilo narrativo 38

 La posada escondía un huésped eterno entre las vigas próximas al fuego. Ese ser inmaterial se alimentaba del calor de aquellos que se acercaban al calor de la lumbre. Quien pasaba una noche cerca del fuego perdía un año de su vida. Los meseros tenían pacto que se fue renovando generación tras generación. Al otro extremo del salón, un hombre escribía, detallando los rasgos de todos los que allí permanecían. Él sabía, porque en los detalles iba recogiendo el rastro de aquello que nadie veía.

Hilo narrativo 37

 El carruaje partió sin aviso. Los viajeros estaban distraídos, pensando que aún tenían un buen rato. Cual no fue su sorpresa, al oír el relinchar de los caballos de tiro en el preciso momento de su partida. Extrañados, se miraron y siguieron tomando un trago. Cuando salieron se encontraron con las huellas de su partida en el barro. Indignados despotricaron, pero no les sirvió de nada. Ni siquiera el mesero les miró con lástima. Se habían quedado con lo puesto y él sacaría provecho. En esa época de maleantes, su refugio era boyante. Se repartían las ganancias, mesero y cochero. Los viajeros esperarían el siguiente carruaje, previsto para el día siguiente. Decían en los mentideros que esa ruta tenía tropiezos.

Hilo narrativo 36

 Los libros murmuraban entre sí, después de que Leire saliera con uno en la mano.  —¡Qué suerte! Se decían unos a otros. —A mí me gustaría acompañarla en sus paseos para ver mundo— dijo un Atlas olvidado. —Estás obsoleto. A ti nadie te busca. Ni siquiera por el placer de olerte y pasar tus hojas. Hace mucho que los mapas son interactivos. Lo siento, viejete— dijo con soberbia un manual de mecánica. —Pues a ti, no creo que te lleve. No la veo muy dada en motores. —¡Silencio, que vuelve!

Hilo narrativo 35

 El silencio recorrió las calles. La noticia cayó como una bomba. Otra vez. Ya no quedaba aguante. La moral por los suelos. Cabizbajos se fueron yendo. Quedaron las calles vacías. Los coches abandonados. No sabían a dónde ir. Estaban perdidos. Su mundo no era ese.  No les quedaba un ápice de esperanza. El suicido colectivo era su única salida. Se lo facilitaban con eufemismos.

Hilo narrativo 34

 El canto se multiplicó en ramas. Era un solo de aquel niño llamando a los pájaros ausentes. El árbol lo pasó a otros y al final el bosque fue orquestando con matices su reclamo, hasta que las aves se unieron a su canto.

Hilo narrativo 33

 La balanza del día oscilaba. Unas veces a un lado y otras al otro. No había forma de equilibrarla. Tomaso desistió, y marchó. Que fuera otro quien la centrara.