El canto se multiplicó en ramas. Era un solo de aquel niño llamando a los pájaros ausentes. El árbol lo pasó a otros y al final el bosque fue orquestando con matices su reclamo, hasta que las aves se unieron a su canto.
La balanza del día oscilaba. Unas veces a un lado y otras al otro. No había forma de equilibrarla. Tomaso desistió, y marchó. Que fuera otro quien la centrara.
La mañana invitaba. Había dejado de llover y en el cielo ni una sola nube. Salimos alegres con los perros y el ganado, aunque la tierra tenía sus charcos. Las vacas agradecían salir del establo. Nosotros también. Era una gozada verlas trotonas en la explanada de hierba fresca.
Las llamas se paseaban aquella noche, buscando espacio para extenderse. Aquel mundo ignífugo no las alimentaba. Bailaban en las aceras, frente a las casas. Crecían en sus abrazos y poco a poco perdían lumbre.
Estaba el silencio arrinconado, mirando pasar los ruidos y ajetreos de los transeúntes, cuando se vio observado por la mirada traviesa de un niño, que se le acercó a hacerle cosquillas en la punta de la nariz, haciendo que abandonara su quietud en un estornudo.